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jueves, 22 de marzo de 2012

EL PLAYBOY ENAMORADO: Capitulo 1


Miley Fenton observó la carrera que tenía en las medias y tiró del vestido hacia abajo para tra­tar de esconderla. Tampoco tenía el pelo en su mejor día, pero no recordaba que aquella me­lena de rebeldes rizos pelirrojos hubiera tenido un buen día alguna vez. Seguramente, estar per­fectamente peinada no era requisito indispensa­ble para el trabajo de niñera, aunque tener un aspecto descuidado durante la entrevista tam­poco ayudaría. Pero si Miley se sentía fuera de lu­gar en el elegante y formal salón de la lujosa mansión de Nicholas Barone, ¿cómo se sentiría la pobre niña?
La asistente de Nicholas Barone, la señora Peabody, le explicó que había ido desde la oficina para ayudar a su jefe en aquellas entrevistas.
-Su currículo dice que es usted licenciada en Ingeniería Informática -dijo mirándola por en­cima de las gafas-. ¿Por qué quiere ser niñera?
Traducción: Debe usted estar loca si quiere cambiar el prestigio de una buena posición en Ingeniería para cambiar pañales.
Miley estaba acostumbrada a aquella pregunta, y tenía la respuesta preparada de antemano.
-Creo que trabajar con niños es mucho más gratificante. Los niños sonríen y te abrazan. Los ordenadores no.
-Entonces, ¿por qué no se graduó usted en Educación Infantil o algo similar? -preguntó la señora Peabody.
-Por influencia de mi hermano -confesó Miley.
Su hermano Trace había dejado notar su in­fluencia en muchas áreas, y, teniendo en cuanta que sus padres habían fallecido, Miley se había de­jado guiar por él hasta hacía muy poco.
-Mi hermano me animó a que estudiara Inge­niería Informática porque es un campo con mu­chas salidas y porque siempre se me han dado bien los ordenadores. Pero el verano antes de graduarme trabajé como niñera y me encantó. Luego trabajé en una importante empresa infor­mática. Hace poco, la firma sufrió un recorte de plantilla y vi la oportunidad de hacer lo que me gusta: trabajar con niños.
-Sus referencias son excelentes -musitó la se­ñora Peabody-. ¿Es usted consciente de que se trata de un trabajo de interna?
-Eso no constituye un problema para mí -contestó Miley-. Mi compañera de piso va a ca­sarse.
-Creo que el señor Barone debería conocerla -dijo la señora Peabody asintiendo con aire pen­sativo-. Por favor, espere aquí mientras voy a bus­carlo.
-Aquí estaré -respondió con una sonrisa mientras se le agarrotaba el estómago por los nervios.
En cuanto la mujer salió del salón, Miley se puso en pie y comenzó a recorrerlo. Tenía veinti­cinco años, y le sorprendía estar tan nerviosa a su edad. Quería dar un giro a su vida laboral, pero hasta ahora no había caído en la cuenta de cuánto deseaba conseguir aquel trabajo. Miley se detuvo un instante para contemplar la colección de fotografías familiares que había en una de las paredes.
Los Barone. Eran muchos, y sus nombres y sus rostros aparecían con frecuencia en las páginas de economía y de sociedad del Boston Globe. Miley se preguntó qué se sentiría al tener tantos herma­nos y hermanas, y sintió una punzada de envida. Tras la muerte de sus padres, solo quedaban ella y Trace, y aunque su hermano siempre la apoyaba en todo, estaba muy ocupado con su propia ca­rrera. Miley tenía muchos amigos, pero desde que había dejado la Universidad echaba de menos la sensación de pertenecer a algún sitio.
El sonido de la voz de una mujer y los sollozos de una niña la despertaron de su ensoñación. Miley miró hacia la puerta y contempló a una pelirroja imponente, algo mayor, y vestida con lo que se trataba sin duda de un traje de buena marca. Ni uno solo de sus cabellos parecía estar fuera de lu­gar, pensó Miley mientras se pasaba inconsciente­mente la mano por su melena rizada.
La mujer llevaba en brazos a una niña de pelo oscuro.
-Nuestra Molly está todavía adaptándose -dijo con expresión triste mientras la miraba directa­mente a los ojos-. Soy Denise Barone. Perdone que no le ofrezca la mano.
-Yo soy Miley Fenton, encantada de conocerlas a las dos -respondió ella torciendo el cuello con curiosidad para obtener una mejor visión de su potencial responsabilidad-. Dios mío, es guapí­sima... incluso con la cara tan roja como un to­mate.
Miley sopló sobre el rostro de la niña. Molly dejó de llorar y abrió los ojos, con sus pestañas largas y negras llenas de lágrimas. Miró fijamente a Miley, con el labio inferior tembloroso, como si fuera a comenzar a llorar de nuevo.
-Cucú... ¡Tras! -dijo Miley antes de apartarse de su vista.
Se hizo un silencio, seguido de un hipido.
-Cucú ¡Tras! -repitió ella con una sonrisa an­tes de volver a ocultarse.
Una leve sonrisa iluminó el rostro de Molly.
-Tengo ocho hijos mayores, y me había olvi­dado por completo del Cucú-tras -aseguró Denise sacudiendo la cabeza, impresionada.
-Demasiadas reuniones en el club con las ma­tronas de la Alta Sociedad -dijo un hombre que entraba en ese momento en el salón acompa­ñado de la señora Peabody.
Miley le echó un vistazo y apretó la mandíbula. Aquel hombre mediría bastante más de un me­tro noventa. Tenía el pelo negro como el ala de un cuervo, las facciones como labradas a cincel y un cuerpo musculoso que sin duda le haría tener mujeres a patadas. Seguramente tendría que apartarlas con un bastón. El brillo de crueldad que despedían sus ojos se clavó en el estómago de Miley. Estaba segura de que muchas mujeres intentarían domarlo, pero ella no poseía ni el atractivo, ni la capacidad de seducción suficien­tes para atraer a un hombre como Nicholas Barone. Además, sabía que él no se fijaría jamás en ella. Una lástima, pero así era. Se conformaría con admirarlo desde lejos.
Miley se giró instintivamente hacia Denise. Se sentía así más a salvo.
-El poder del Cucú-tras está subestimado, pero estoy segura de que lo habría recordado dentro de unos días.
-¿Y qué sabe una especialista en informática del Cucú-tras? -preguntó el hombre con mirada cínica.
Miley suponía que tendría que haber una buena razón para aquel cinismo, pero no le gustó su actitud. Algo le decía que aquel no era un hombre al que le importara caer bien o no. Ella levantó la vista para encontrarse con su mi­rada, confiada en su habilidad para cuidar de la hija de aquel hombre, e igual de segura de su falta de atractivo femenino.
-Podría escribir una tesis a propósito del Cucú-tras. Lo mejor que tiene es que no requiere ningún equipamiento especial y puede utilizarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Y sin embargo, hacen falta algunas condiciones para jugar a él.
-¿Y cuáles son? -preguntó él alzando una ceja.
-Sentido del humor y disposición.
Miley sintió que el estómago se le llenaba de mariposas ante el modo tan intenso en que Ni­cholas Barone la estaba mirando
-¿Disposición para qué? -le espetó él.
Miley se aclaró la garganta y rogó en vano para que las mejillas no se le tiñeran de rojo por la vergüenza.
-El adulto tiene que estar dispuesto a perder su dignidad -aseguró, completamente conven­cida de que ella había perdido ya la suya.
-¿Ah, sí? -murmuró él observando con aten­ción su currículo-. ¿Y por qué no está aquí es­crito «Especialista en Cucú-tras»?
-Sabía que se me había olvidado algo -respon­dió ella riendo entre divertida y aliviada.
-Soy Nicholas Barone -dijo él extendiendo la mano y mirándola a los ojos.
-Miley Fenton -respondió ella estrechándosela.
-Veo que ya conoce a Molly -continuó Nicho­las depositando un beso en la frente de su hija-. Bellísima.
Molly lo miró fijamente y colocó los labios en posición de puchero. Miley no podía culparla. Si Nicholas le parecía a ella alto como una torre, no podía ni imaginarse lo que pensaría la niña de él.
-Por favor, venga conmigo a la sala -le pidió a Miley- Tengo que hacerle algunas preguntas.
-Por supuesto -respondió ella-. Encantada de conocerlas, señora Barone, señora Peabody y Molly -dijo siguiendo a Nicholas.
-Todavía no me ha sonreído ni una vez -mur­muró él mientras le señalaba un sofá para que se sentara frente al sillón que ocupó él.
-Está impresionada -respondió Miley.
-¿Impresionada? -repitió él mirándola con asombro.   
-Sí, eso es. Para la gente normal, usted es muy alto, pero para ella es enorme.
-La gente normal... -murmuró Nicholas ras­cándose la barbilla.
-Para la media -corrigió Miley-. Algo me dice que no está usted acostumbrado con la idea de pertenecer a la media. Lo siento -dijo al instante mordiéndose el labio inferior-. Es una cuestión demasiado personal para una entrevista de trabajo.
-Sí, en efecto, pero tiene usted razón -ase­guró él asintiendo con la cabeza-. A los Barone no se nos permite ser de la media.
Miley observó en sus ojos marrones todo un mundo de experiencia, y supo sin necesidad de que se lo dijera que él siempre se había esfor­zado hasta el límite, porque eso era lo que le ha­bían exigido.
-¿Mantiene usted alguna relación sentimental seria? -preguntó Nicholas sin apartar la vista del currículo.
-Esa también es una pregunta muy personal, ¿no? -se atrevió a decir Miley tras dudar unos ins­tantes.
-Así eso, pero procede. Acabo de conseguir la custodia de una hija que no sabía ni que existía hasta hace dos semanas. No quiero contratar a al­guien que no pueda comprometerse a largo plazo.
-¿Qué entiende usted por largo plazo?
-Diecisiete años -respondió Nicholas muy se­rio antes de esbozar una sonrisa-. Es una broma. Tras un periodo de prueba de treinta días, me gustaría que firmara un contrato de un año.
-Un año no es ningún problema -respondió Miley.
Sentía un extraño cúmulo de emociones. La señora Peabody ya había contado cómo había sa­bido Nicholas de la existencia de Molly, pero la historia seguía impresionándole.
-Supongo que su vida habrá dado un vuelco tremendo -se aventuró a decir.
-Digamos que mis prioridades han cambiado -dijo él con los ojos encendidos a pesar de su tono de voz neutral-. Lo más importante para mí en este momento es proporcionarle a Molly un ambiente estable. Por eso le he hecho esa pre­gunta tan personal. ¿Mantiene usted una rela­ción sentimental que resulte incompatible con su ausencia durante un tiempo determinado?
Miley pensó en su pandilla de amigos varones y tuvo que reprimir una mueca. Para ellos, era como uno más.
-En estos momentos no estoy comprometida.
-Bien -aseguró él sacudiendo la cabeza-. Creo que lo mejor será que nos dejemos de for­malidades, porque tendremos que comunicar­nos con bastante regularidad. Puedes llamarme Nicholas.
Miley quería conseguir aquel trabajo, pero tam­bién tenía un presentimiento respecto a Nicho­las Barone. Suponía que podría conseguir casi cualquier cosa con su encanto, pero también es­taba segura de que esperaba que sus empleados se sometieran a su voluntad sin hacer demasiadas preguntas. Miley escuchó entonces a Molly llorar en el jardín, y pensó aquel trabajo iba a resultar más complicado de lo que había imaginado en un principio. Intentaría respetar los deseos de Nicholas, pero necesitaba saber si él estaría dis­puesto al menos a escuchar sus ideas.
-Tengo la impresión de que estás acostum­brado a hacer las cosas a tu manera. Pero si yo es­toy convencida de algo, quiero que lo consideres aunque en un principio no te guste.
-Mal que me pese, todavía no soy ningún ex­perto en mi hija -respondió Nicholas-. Espero serlo pronto, pero hasta entonces tendré en cuenta tus puntos de vista. ¿Alguna otra preocu­pación?
Miley tenía una solamente: era tan guapo que esperaba que no la pillara babeando cada vez que lo tuviera alrededor.
-No, ninguna -aseguró Miley negando con la cabeza.
-Bien. Ya hemos comprobado tus referencias. ¿Cuándo puedes empezar?
-¿Cuándo me necesitas? -preguntó ella con una mezcla de excitación y cierto temor.
Se escuchó entonces el sonido del llanto de Molly.
-Ayer -aseguró él sin siquiera parpadear.

Dos noches más tarde, Nicholas se dejó caer sobre la cama de la habitación de invitados. Esta­ban pintando el dormitorio principal, así que se había trasladado temporalmente. No había dor­mido bien desde que había llevado a Molly a casa. El impacto de aquella súbita paternidad y todas las preocupaciones que traía consigo lo ha­bían mantenido despierto hasta la madrugada. Aquella noche, sin embargo, tras comprobar que su hija dormía, sintió que por fin podía relajarse, gracias en parte a que sentía que Molly estaba a salvo en manos de  Miley Fenton.
Ya que él no podía hacer que su hija se sin­tiera segura, ya que su presencia solamente pro­vocaba lágrimas en Molly, estaba decidido a en­contrar a alguien que la hiciera sentirse a salvo. Miley desprendía un calor natural y Nicholas sabía que conseguiría confortar a Molly. Y, por mucho que aquello lo sorprendiera, él mismo también se sentía confortado por su presencia.
A través de la pared, escuchó el ruido de una ducha al cerrarse y una voz femenina cantando. Aquel sonido captó su atención. Nicholas era un soltero impenitente cuyas amantes no solían que­darse a pasar la noche, y no recordaba la última vez que había escuchado a una mujer cantando en su casa.
Sentía curiosidad, así que se acercó más a la pared. Por las palabras que captó, se trataba al parecer de una canción infantil: Al corro de la pa­tata. ..
De pronto, la melodía se detuvo bruscamente y se escuchó un sonido sordo, como de un golpe. Después oyó algo parecido a un gemido, y luego nada.
Nicholas frunció el ceño y se preguntó si no estaría herida. Presionó la oreja contra la pared. Seguía sin oírse nada. ¿Qué podía hacer? ¿Y si es­taba tendida en el suelo, inconsciente?
Maldiciendo entre dientes, salió de la habita­ción y se dirigió al cuarto de Miley, tocando leve­mente con los nudillos para no despertar a Molly.
-Miley -susurró-. Miley, ¿estás bien?
Nada. Nicholas giró el picaporte y entró, mi­rando al suelo en busca de un cuerpo tendido. Se dirigió hacia el baño que estaba dentro del dormitorio y captó la visión de Miley Fenton con una toalla alrededor del cuerpo mientras se fro­taba las piernas sentadas en el suelo.
—Oh, oh... —susurraba.
A Nicholas le hubiera tenido que faltar un cromosoma “Y” para no fijarse en sus largas y bien formadas piernas, y en el hecho de que la toalla estaba a medio milímetro de dejar al descubierto uno de sus pechos. En otras circunstancias, con cualquier otra mujer, le habría quitado la toalla en menos que canta un gallo, pero en aquellos momentos tenía que asegurarse de que no estaba herida.
- ¿Te encuentras bien?
Miley giró la cabeza hacia él y su boca se trans­formó en un mohín entre horrorizado y sorpren­dido.
-Se... señor Barone -murmuró ella subién­dose automáticamente la toalla.
-Puedes llamarme Nicholas -respondió él.
-Estoy bien -aseguró ella colocándose de nuevo la toalla-. He resbalado al salir de la du­cha.
-Ha sonado como si estuvieras en peligro de muerte -aseguró Nicholas.
-He caído con fuerza -confesó Miley con cierto rubor-. Es uno de mis puntos flacos. El exceso de confianza. Confío demasiado en mi equili­brio.
-A lo mejor te has distraído por cantar El Co­rro de la Patata.
El rostro de Miley se tino completamente de rojo mientras se estiraba.
-Voy a ser sincera -dijo en tono confidencial-. No soy Mary Poppins, así que he estado practi­cando las canciones infantiles que conozco.
-Bueno, si estás segura de que estás bien, me marcho -aseguró Nicholas avanzando hacia ella-. Pero antes, déjame que te ayude a levan­tarte.
-¡Oh, no! -afirmó Miley negando con la cabeza mientras abría desmesuradamente los ojos-. Se­ñor Barone... quiero decir, Nicholas: no creo que me muera por esta caída, pero seguramente me moriré de vergüenza si no sales de aquí ahora mismo.


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HOLA CHICAS!! PRIMER CAPITULO DE ESTA NOVELA...PRIMER CAPITULO DONDE TODO COMIENZA :) ESPERO QUE LES GUSTE, BESITOS ♥

4 comentarios:

  1. aHHH LO AMEE ME ENCANTOO ESTUVIOO FENOMENAL A CHIKIS TIENES QUE SEGUIRLA PRONTOO PLIS PLIS SIGUELA SIIIII AHHHHHH

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  2. ¿como te lo explico?
    Loa ame♥ me encantooo♥
    jajajja yo estaria igual qe Miley babeando por Nick jajaja o asi estoi jajajjaja
    espero el proximo capi pronto esta nove me esta enamorando
    BEsitos!!!
    ◕ ‿ ◕

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  3. Ok exigo q subos otro inmediatament bromis pero sube pronto me encantooooooo.

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Gracias por tu comentario :) ♥