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jueves, 31 de mayo de 2012

Rendirse al Amor: CAPITULO 2


UNA joven salió sonriendo de la cocina, con una niñita pisándole los talones. — ¡Hola Demi! Por fin lo ha conseguido.
Demi se detuvo y dejó de besar la cara de Sam
— ¿Cuándo? ¿Cómo?
Estaba gateando en el jardín, después de la comida, y de pronto le he dicho que ya era hora de comenzar a andar igual que Daisy. Sam se ha quedado mirándome fijamente y después se ha levantado apoyándose en su corralito y ha venido hacia mí, como si me hubiera comprendido.
Demi apoyó al bebé sobre su cadera y movió la cabeza, ma­ravillada.
Pensé que seguiría gateando hasta que fuera a la escuela, no parecía tener mucha prisa por aprender. Vamos a tomar un jerez para celebrarlo.
— ¿Celebrarlo? repitió la muchacha con rapidez. ¿Has conseguido el trabajo?
Demi negó con la cabeza y le relató lo sucedido, mientras llevaban los vasos de jerez al jardín. Demi metió a Sam en el corralito y Daisy lo siguió.
Selena y Taylor Murray eran los inquilinos de Demi y ocupa­ban los dos pisos superiores de la casa. Durante la semana, Selena cuidaba de Sam, y también de su hija Daisy. A cambio, los fines de semana era Demi la que se encargaba de los niños, mientras Selena y Taylor trabajaban en el ático. Selena pintaba acuarelas de flores y frutas, mientras que Taylor, que era profesor en una escuela de arte, se dedicaba a su pasión particular: el grabado.
El arreglo funcionaba bien. La interdependencia de las dos familias se desarrollaba sin obstáculos, porque las reglas eran elásticas; estaban abiertas a adaptaciones de última hora.
No tienes por qué ser tan pesimista, no puedes estar segura de que has fracasado dijo Selena, sentándose con las piernas cruzadas sobre la hierba.
Completamente no, supongo. Pero a ese hombre le ha dado un ataque de nervios porque no he puesto en la solicitud que soy viuda.
Quizá le gustas.
— ¡No digas tonterías! Se rió Demi. Su único interés con­sistía en asegurarse de que sabría manejar sus modernos ordena­dores sin ninguna vigilancia mientras él viajaba alrededor del mundo para atender sus negocios.
— ¿Qué aspecto tiene?
Autoritario.
— ¡Cielos! —Selena la miró con curiosidad. ¿Has visto a su hermano?
No Demi bajó los ojos. La oficina de Joseph Jonas ocupa el último piso de su lujoso edificio, y únicamente está acompañado por la señorita Pennycook. No he visto a nadie más.
Selena estaba ansiosa por oír algo acerca de la señorita Penny­cook, cuyo nombre no había sido mencionado con frecuencia en las últimas semanas.
Creo que la persona que escojan será una copia, más joven, de la legendaria señorita Pennycook suspiró Demi. Estoy se­gura de que las otras aspirantes tienen más experiencia que yo.
Selena se mostraba más optimista.
Escucha, Demi: soy una firme creyente del destino. Si no consigues ese trabajo, me cortaré la lengua.
Un súbito grito de Sam puso fin a esa tranquila conversación. Demi se levantó del corralito y le pidió que le demostrara de nuevo su recién adquirido talento. Soltó la mano regordeta y se retiró. Sam la siguió tambaleándose. Daisy rogó que le permitieran ba­ñarse con Sam y Selena desvistió a los dos niños, mientras Demi se cambiaba de ropa y se ponía unos pantalones vaqueros y un jersey de algodón. Cuando entró en el baño, Selena estaba arrodillada, supervisando una carrera de patitos, en medio de gritos y chapu­zones. Demi se sintió de pronto exhausta, pero se unió a la alegría general con una sonrisa. Enjabonó el cuerpecillo de Sam, lo aclaró  y le secó los cabellos sedosos y oscuros. Después, Selena se llevó a Daisy a cenar al segundo piso y Demi le dio al hambriento bebé una tortilla y un zumo. Más tarde le contó un cuento y el ritual terminó con una canción. La canción de siempre, pues Sam se negaba a dormirse sin escuchar El buho y el gatito. Después, lo llevó a la cuna que estaba en una habitación contigua a la suya.
Una vez en la cama, Demi tardó mucho, muchísimo tiempo en dormirse, a pesar de que necesitaba descansar. Sam era un ángel y se dormía temprano, pero también se despertaba al amanecer, lleno de energía. Demi se levantaba a las seis y media, tomaba una ducha y daba de desayunar a Sam. Luego jugaba con él una hora antes de vestirse para ir a trabajar. Como mínimo comía con el bebé tres veces por semana, a no ser que tuviera una cita con Sue Rivers. Solía quedar con ella una o dos veces por semana para que le diera información de primera mano sobre las empresas Jonas. A pesar de que ya no la necesitaba, quería seguir viéndola pues sentía un gran remordimiento por haber cultivado su amistad con fines totalmente interesados. Si no hubiera sido por Sam, la hu­biera invitado a comer a su casa para demostrarle su agradeci­miento. Pero pensaba que cuantas menos personas conocieran la existencia de Sam, mejor, en especial si, por un milagro, Joseph Jonas decidía que merecía el supremo honor de convertirse en su secretaria.
Demi esperaba recibir la carta de rechazo en un par de sema­nas, pero, para su sorpresa, recibió una breve misiva de la señorita Pennycook al siguiente lunes. Le preguntaba si podría entrevistar­se unos minutos con el señor Jonas, el jueves veintiocho, a la hora de la comida. Parecía que el empresario había reducido el número de las candidatas y estaba efectuando una serie de entrevistas cortas.

Se me ha concedido otra audiencia anunció Demi, cuando  dejó a Sam con Selena. Su eminencia se digna a verme antes de hacer una elección definitiva.                              
Eso es estupendo —Selena se acomodó una serie de pulseras de plata en su delgada muñeca y se hizo cargo de Sam . Eso  significa que tienes muchas posibilidades de conseguir el  empleo
Demi no estaba tan segura y se presentó en la  Empresa a la hora concertada, más nerviosa que en la primera entrevista.
Una de las recepcionistas le indicó que subiera al último piso  donde la esperaba la señorita Pennycook. El  hecho de  que asumiera que ya conocía el camino reconfortó a la joven.
La señorita Pennycook le dio la bienvenida con un saludo agradable, le invitó a que se sirviera una taza de café y a sentarse una silla.                                                                               
Siéntese, señora Lovato pidió con amabilidad. El señor Jonas en este momento está ocupado, así que quizá no le  importe contestarme unas preguntas mientras espera.                  
En el fondo, Demi dudaba que Joseph Jonas estuviera ocupado. Lo más probable es que le hubiera ordenado a la señorita Pennycook que investigara a cada solicitante antes de que hiciera la elección final.                                                          
Es usted muy joven para ser viuda, señora Lovato-empezó la secretaria.
Mi marido murió al poco tiempo de casarnos.
— ¿Tiene familia?
Mis padres murieron cuando yo era una adolescente. Vivo  en la casa que mi marido compró cuando nos casamos y pago mis gastos alquilando el piso superior a una pareja con un niño.
Muy razonable la señorita Pennycook tomó nota y alzó la vista con rapidez. ¿Planea casarse de nuevo? Perdone si me entrometo en su vida privada, pero el señor Jonas desea esta información de todas sus candidatas.                               
Demi sofocó una punzada de resentimiento y cabeza.                                                                                  
No, no planeo volverme a casar.
En tal caso, ¿podría acompañar en sus viajes al señor Jonas si fuera necesario?
Demi pensó en esa posibilidad. Encerraba algunos problemas. Pero podía contar con Selena para encargarle a Sam.
Sí, señorita Pennycook. No habría problema.
Perfecto la mujer se volvió hacia el aparato de interco­municación cuando sonó—. Sí, señor Jonas, la señora Lovato está aquí. ¿Le digo que pase?
Esa vez el enorme despacho la deslumbró menos, pero Joseph Jonas, con su altura y un traje elegantísimo, la impresionó más.
Buenas tardes, señora Lovato saludó él con voz baja. Es usted muy amable en sacrificar la hora de su comida para venir a verme.
Demi se sentó en la silla frente al escritorio.
Prefiero esto a tener que pedir más tiempo libre.
Eso pensé la miró sin hablar durante algunos segundos. ¿Ha reflexionada sobre la idea de trabajar para mí, señora Lovato?
Demi lo miró sin parpadear, contenta de que él no hubiera adivinado que no había pensado en otra cosa desde la primera entrevista. Algunas veces le parecía que su vida entera estaba centrada en el propósito de trabajar para Empresas Jonas.
Sí, desde luego.
— ¿Y a qué conclusión ha llegado? ¿Es este tipo de trabajo que desea? Le aseguro que no le hago un regalo; la señorita Pennycook gana cada centavo que le pago con el sudor de su frente.
Lo sé.
Para sorpresa de Demi, él le sonrió. Y cuando Joseph Jonas sonreía, parecía diferente... menos intimidante, casi humano.
Si me disculpa le dijo, tengo que hablar con la señorita Pennycook. No la haré esperar mucho tiempo.
Cuando la puerta se cerróDemi sonrió al imaginarse a Joseph Jonas interrogando a su secretaria acerca de las preguntas que ésta le había hecho. ¿Por qué, se preguntó, no la habría interrogado él mismo? Quizá había considerado que era algo demasiado personal y deseaba evitarlo. A ella le pareció perfecto.
Las pestañas oscuras de la chica velaron sus pupilas color avellana. No estaba interesada en Joseph Jonas, después de todo, sino en su hermano menor, Nicholas Jonas, que era el encargado de las finanzas de la empresa. Joseph Jonas era un hombre que se había hecho a sí mismo y su hermano era parte de esa historia que todo Pennington conocía. Pero existía un capítulo del que sólo ella estaba enterada. Controló sus pensamientos. Ni siquiera le habían ofrecido el puesto. Entrelazó las manos y rezó en silencio. De pronto se detuvo. Le pareció poco ético pedir a la divinidad que la ayudara a realizar un plan que causaría grandes inquietudes a los hermanos Jonas. Un plan que en realidad no les gustaría en lo más mínimo.
Demi se puso tensa cuando Joseph Jonas volvió y se sentó detrás de su escritorio. La chica miró su rostro de facciones duras, tratando de mantenerse indiferente para ocultar la esperanza que latía en su corazón.
No la tendré en suspenso por más tiempo, señora Lovato le dijo consciente de la tensión de la joven. Su expresión conti­nuaba impasible, pero sus ojos no perdían detalle. Creo que no merece la pena hacerla esperar hasta que la señorita Pennycook le envíe una carta de aceptación. Si cree que le gustaría trabajar para empresas Jonas, señora Lovato, le ofrezco el puesto de secre­taria y asistente personal, con el sueldo anunciado y un período de prueba de seis meses, durante el cual comprobaremos si podemos trabajar juntos con eficiencia. La señorita Pennycook ha sido mi apoyo durante mucho tiempo, algunas veces usted necesitará te­ner paciencia conmigo. Le prometo proceder con prudencia, y, desde luego, durante el primer mes la señorita Pennycook perma­necerá con nosotros para ayudarla.
Demi lo contempló en silencio, incapaz de creer lo que estaba oyendo. ¿Sería verdad? ¿El cielo le había concedido la oportuni­dad que tanto anhelaba?
Gracias, señor Jonas dijo después de unos segundos de silencio. Estoy muy contenta de aceptar su oferta.
Bien el rostro de Joseph se relajó un poco al ponerse de pie y tenderle la mano por segunda vez. Bienvenida a las empresas Jonas, señora Lovato. La señorita Pennycook se encarga­rá de darle su contrato para que lo firme.
Demi apenas podía creer en su buena suerte. Y cuando llegó a su casa, a Selena le bastó con verle la cara para saber que debía sacar el jerez para brindar. Demi comenzó a bailar por el cuarto con Sam en un brazo y Daisy en el otro, hasta que cayó con ellos al suelo, riéndose.
Le he entregado mi renuncia al señor Keyes. Empiezo a trabajar en Empresas Jonas a principios de mes concluyó su historia triunfal y luego aceptó un segundo vaso de jerez.
Así que lo has conseguido, Demi sonrió Selena, sentándo­se en el suelo, con su propio vaso de licor.
Todavía no, pero estoy en camino.
Selena arrulló a su hija y miró a su amiga con ojos ansiosos por encima de los rizos de la niña.
— ¿De verdad crees que va a ser tan satisfactorio como pien­sas?
Quieres decir que la venganza es un arma de doble filo y todo lo demás, ¿no es así?
No va con tu personalidad, eso es todo. Me pregunto si llegarás hasta el final.
Demi contempló atónita a la muchacha.
— ¡Claro que lo haré! Ha sido la motivación más grande de mi vida desde que... titubeó.
Desde que Libby murió finalizó Selena por ella y suspi­ró—. Lo sé. Y me preocupa. Aunque tu plan tenga éxito, no le va a servir de nada a Libby, ni a ti tampoco. Y, además, tienes que pensar en Sam.
Al oír su nombre, Sam se puso de pie, apoyándose en el codo de su madre con una mirada imperiosa en su carita regordeta.
Din-dins dijo con firmeza.
Está bien, está bien accedió Demi. Hora de bañarse.
Din-dins repitió el niño y Demi le sonrió a Selena antes de decir:
Te prometo que Sam no resultará afectado. Siempre lo consideraré lo más importante en mi vida.
Ya es hora de que consideres otras cosas —Selena se enco­gió de hombros, como volverte a casar.
Demi negó con la cabeza.
De ninguna manera. Un hombre en mi vida es más que suficiente, gracias.
Más tarde, mientras daba de comer a Sam, recordó las pala­bras de Selena, y se dijo que su amiga se equivocaba. Lo último que necesitaba era un hombre en su vida. Sam era el único varón que necesitaba. Trató de concentrarse en el cuento nocturno, pero su mente divagaba. ¿Cuántas solicitudes habrían recibido para el puesto? Sue le había dicho que docenas y Demi sintió que tenía derecho de sentirse orgullosa por la simple razón de que había sido elegida.




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HOLAAAA CHICAS! TANTO TIEMPO, RECIEN HOY NO TENGO NADA PARA HACER DEL COLEGIO U.U AGOTADA ES POCO DECIR JAJAJAJ BUENO, UN CAP MAS DE ESTA NOVE, EL SABADO LES VUELVO A SUBIR XQ MAÑANA TENGO UN DIA APRETADO, ME VOY A COMPRAR EL DVD DE UP ALL NIGHT TOUR :D AKSJKAJAKJSK Y A LA NOCHE TENGO EL CUMPLEAÑOS DE UNA DE MI MEJORES AMIGAS Y VAMOS A SALIR, POR ENDE, NO VOY A ESTAR, ESTUVE LEYENDO SUS BLOGS, NO COMENTE EN TODOS, PERO LOS LEO :) 
ESPERO QUE LES GUSTE
BESITOS ♥

lunes, 21 de mayo de 2012

Entre el deber y el deseo: 2


Nick se mudó a una casita que estaba a quinientos metros de la de Miley. Sentado en el balcón, mientras observaba las olas romper rítmicamente contra la playa, empezó a sentirse en paz. El océano no se parecía nada a la guerra. Cambiaba cada segundo, pero en cierto modo permanecía constante. Mirar las olas era la mejor terapia... mucho mejor que la que recibió en el ejército.
Cuando se metía en la cama, la imagen de Miley Newton apareció en su cabeza. Se preguntó entonces qué estaría haciendo. ¿Enfrentándose con una hoja en blanco? ¿Dibujando una escena gris? ¿O se estaría quedando dormida, como él?
La fotografía de su mujer que Liam le enseñaba a todo el mundo lo había dejado fascinado. En ella, Miley se reía con abandono y era el equivalente femenino a un rayo de sol. Liam, un tipo alegre, había conseguido pasar por el campamento de instrucción sin que nadie pudiera quitarle esa alegría. Era simpático, nada cínico, al contrario que Nick. Él tenía cinismo suficiente para una docena de hombres. Quizá por eso le caían tan bien el sargento Newton y las historias que contaba sobre su mujer. Porque eran frescas e inocentes. Nick no recordaba haber sido fresco e inocente desde que su padre murió, cuando tenía siete años.
Entonces volvió a pensar en Miley. Aunque la tristeza que había visto en sus ojos le encogía el corazón, estar con ella lo animaba. Y era tan guapa...
Su pelo era una cascada de oro y su piel, tan blanca, emanaba feminidad. Sus labios le recordaban a una jugosa ciruela y .aquella maldita camiseta que parecía jugar al escondite con sus curvas...
Esa imagen lo excitó. Pero su atracción por Miley no era nada personal, se dijo. Estaba frustrado, sexual, personal y mentalmente. Apartando las sábanas, Nick saltó de la cama y fue desnudo a la ducha.
«Olvídate del agua fría».
Bajo una ducha caliente, al menos podría librarse de parte de su frustración... imaginando que estaba con la mujer de sus sueños.
Nick se levantó a las seis de la mañana. El entrenamiento con los marines había condicionado su vida y quizá nunca podría volver a levantarse tarde. Pero era mejor así. Después de desayunar café, tostadas y huevos revueltos, se puso unos pantalones cortos y fue corriendo por la playa hasta la casa de Miley.
El primer paso para sentirse normal era dormir de noche y trabajar de día. Miley Newton era como una niña, que tenía mezclados el día y la noche. Y por eso necesitaba un poquito de ayuda.
Nick llamó a la puerta y esperó. Y esperó. Y volvió a llamar.
Oyó un golpe y luego un grito. La puerta se abrió entonces y Miley lo miró, con los ojos guiñados.
—Tengo la impresión de que esto ha pasado antes.
—Lo siento. Pensé que estarías despierta —sonrió Nick—. ¿Te apetece correr un rato por la playa? No tengo la pierna al cien por cien, así que debo ir más despacio de lo que me gustaría...
—¿Correr? —lo interrumpió ella—. ¿Ahora? ¿Qué hora es?
—Las diez.
—Ah —murmuró Miley, apartándose el pelo de la cara—. Es que anoche estuve trabajando en un dibujo que seguramente no podré usar —añadió, suspirando.
—Si no te ves con fuerzas... —se aventuró Nick, intentando retarla.
Ella frunció el ceño.
—Claro que tengo fuerzas. Puede que esté un poco oxidada, pero puedo correr como todo el mundo.
Nick asintió, sonriendo. Buena señal.
—¿Quieres que te espere aquí mientras te cambias?
Miley miró su camiseta arrugada como si acabara de percatarse de que la llevaba puesta. Y se puso como un tomate.
—Sí, debería... bueno, entra. No tardaré mucho.
—Gracias.
Al acercarse, respiró su aroma. Era un olor fresco, sexy, a mujer dormida, que lo hizo desear enterrar la cara en su pelo... Ese pensamiento lo pilló por sorpresa. Y no le hizo ninguna gracia.
Cuando Miley desapareció por el pasillo, el gato se acercó para olerlo y luego se apartó con gesto desdeñoso. Él nunca había entendido a los gatos ni a los amantes de los gatos. Los felinos nunca se acercaban cuando uno los llamaba, todo lo contrario. Además, esperaban recibir comida y alojamiento desdeñando a sus dueños. A él le gustaban más los perros.
Miley volvió poco después con el pelo sujeto en una coleta. Llevaba una camiseta ajustada y unos pantalones cortos que dejaban al descubierto su ombligo. Algunas enfermeras del centro de rehabilitación habían coqueteado con él, pero ninguna de ellas iba vestida así.
Llevaba demasiado tiempo encerrado, pensó, y sus hormonas estaban enloquecidas. Antes del accidente salía con muchas chicas, nunca tuvo problemas para encontrar una mujer. Liam decía que no le duraban más que una caja de cervezas y no iba muy descaminado. Aunque siempre había dejado claro que no estaba haciendo promesas... no tenía tiempo para una relación seria.
Apartando la mirada del ombligo de Miley, Nick se pasó una mano por el pelo.
—¿Lista?
—Sí, vámonos.
Empezaron a correr por la playa y, veinte minutos después, temió que Miley cayera desmayada.
—Aquí hay un café. ¿Quieres que paremos un rato?
Ella se detuvo y lo miró a los ojos con una mezcla de agotamiento y alivio.
—¿Tú quieres parar?
—Si te desmayas, llevarte en brazos hasta tu casa con esta pierna mía va a ser un problema.
—¿Quieres decir que no estoy en forma?
—En absoluto. Yo creo que estás muy en forma. Pero puede que te falte un poco de práctica.
Miley abrió la boca para protestar, pero pareció pensárselo mejor.
—Deja que te invite a desayunar.
—Estoy tan agotada que no sé si podré comer.
—Seguro que sí.
No se había equivocado. Después de tres vasos de agua, un zumo de naranja y una taza de café, Miley se lanzó sobre las tortitas y los huevos con beicon como si no hubiera comido en varios días.
—¿Más sirope? —preguntó Nick.
—No, gracias.
—¿Más tortitas?
Ella sonrió, con la boca llena.
—Vamos, dilo.
—¿Decir qué?
—Que estoy muerta de hambre. ¿Cómo lo sabías?
—Si lo que vi en tu cocina es una indicación de lo que hay dentro de la nevera, debías estar muerta de hambre. Los cereales no satisfacen a nadie.
—A mí sí.
—¿Cuándo fue la última vez que tomaste proteínas?
—No hace mucho —contestó ella a la defensiva.
—Estupendo. ¿Qué tomaste?
—La semana pasada tomé algo de queso...
Como tenía la boca llena, el resto de la frase resultó ininteligible.
—¿Queso con qué?
Miley empezó a jugar con su tenedor.
—Queso con galletitas.
—Ah, ya veo. ¿Estás a dieta?
—No. Es que cuando tengo mucho trabajo atrasado, se me olvida comer.
—Te entiendo. Cuando tengo mucho lío, yo sólo tomo cacahuetes y café.
—Me alegra saber que a veces también tú te dejas llevar por tus más bajos instintos —rió Miley—. Pero sospecho que no ocurre a menudo.
No tan a menudo como a él le gustaría, pensó, mientras la veía llevarse una fresa a la boca.
—¿Seguro que quieres pasar todo el día rascándote?
Ella lo miró, boquiabierta.
—¿Cómo sabes que soy alérgica?
—Me lo contó Liam.
—Será tonto... ¿Qué más te contó?
—Lo sé todo sobre tu familia, tu salud, tu educación, tu trabajo, tu vida amorosa...
—No me lo puedo creer. Tú lo sabes todo sobre mí y yo de ti sólo sé lo listo que Liam decía que eras, lo buen líder que Liam decía que eras y lo rápido que puedes correr.
—Ya no puedo correr tan rápido.
—Corres más deprisa que yo.
—Sí, pero es que tú no estás en f... —Nick no terminó la frase.
—Oye, que yo no me he entrenado con los marines, no puedo tener un cuerpo lleno de músculos como ustedes —replicó ella, levantando la barbilla—. Mira esos bíceps... eres un fortachon.
Nick sonrió. El halago, aunque a trasmano, le había producido una extraña alegría.
—Créeme, tu cuerpo no es precisamente desagradable a la vista.
Miley lo miró a los ojos y... pasó algo. No sabía qué.
—Eres muy amable. Y gracias por el desayuno, pero creo que ya puedo volver a mi casa —dijo, sonriendo—. Ahora tengo la excusa de que no se puede hacer ejercicio después de comer.
—Ah, es verdad —rió Nick, dejando un par de billetes sobre la mesa—. Espero que te haya gustado sentir la brisa del mar en la cara, el sol sobre tu piel...
—La amenaza de infarto —lo interrumpió ella—. ¿Seguro que a los marines no los entrenan para convertirlos en sádicos? —le preguntó mientras salían del café.
—No —contestó él, mirando su trasero. «Puedes mirar, pero no tocar»—. Masoquistas. Somos todos masoquistas.


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MUAAAJAAJAAAAAAAAA HASTA ACA POR HOY CHICAS :D CAPAZ, NO PROMETO NADA, MAÑANA SUBA DE LA OTRA NOVE :D BESITOS ♥

Entre el deber y el deseo: 1


Traducción de la jerga de los marines
 Unidad Alfa: esposa de un marine
Sabía que su color favorito era el azul.
Sabía que era alérgica a las fresas, pero que de todas formas a veces las comía.
Sabía que sus ojos de color azul cambiaban de color dependiendo de su humor.
Sabía que tenía una cicatriz en el muslo por un accidente de bicicleta que tuvo de niña.
Nick conocía a Miley Newton íntimamente, aunque jamás se habían visto. Eso iba a cambiar en aproximadamente noventa segundos, pensó, mientras levantaba la mano para llamar a la puerta de su casa, en Carolina del Sur.                                  
El olor a mar era mucho mejor que el olor a antiséptico...del centro de rehabilitación.
Le dolía la pierna de tenerla doblada durante tantas horas en el avión, de modo que se apoyó en la pared. Pero no hubo respuesta y volvió a pulsar el timbre, con más insistencia.
Oyó ruido de pasos, un tropezón y luego más pasos, hasta que, por fin... Una mujer rubia, despeinada y medio dormida, abrió la puerta tapándose los ojos con la mano para evitar el sol. Vestida con una camiseta arrugada y unos vaqueros cortos que dejaban al descubierto sus largas y torneadas piernas, Miley Newton se quedó mirándolo.
—¿Quién es...?                                        
—Nicholas Armstrong —la interrumpió él, preguntándose si Miley sabría que la camiseta marcaba sus pezones—. Era amigo de...
—Liam —terminó ella la frase, con expresión triste—. Me habló de ti en sus cartas. El Ángel negro.
Se le encogió el estómago al oír ese apodo. Sus compañeros lo llamaban así porque tenía el pelo y los ojos negros. Y el humor. Antes del accidente, solía estar enfadado casi todo el tiempo. Seguramente porque llevaba peleándose con su padrastro desde la pubertad. Lo de «ángel» era porque había sacado a varios compañeros de alguna situación comprometida.
Pero no a Liam, pensó. A Liam no había podido salvarlo.
Miley Newton dio un paso atrás y le hizo un gesto con la mano.
—Entra, por favor.
Nick la siguió al interior de la casa. Con los nervios, Miley se golpeó la espinilla con el pico de una mesa y masculló una maldición.
—¿Quieres que encienda la luz?
—No, yo lo haré —contestó ella, subiendo la persiana del salón. El sofá estaba cubierto por una tela oscura, en las paredes no había cuadros ni fotografías y tampoco alfombras en el suelo—. Anoche trabajé hasta las tantas... bueno, hasta la madrugada, en realidad. Y me he quedado dormida —añadió, volviéndose hacia él... y tropezando de nuevo.
Nick, instintivamente, la sujetó del brazo. Estaban tan cerca que podía contar sus pecas. Había oído historias sobre los sitios donde tenía pecas...
—¿Qué hora es? —preguntó ella entonces con una voz ronca que le resultó muy excitante.
Todo le resultaba excitante. Llevaba demasiado tiempo sin acostarse con una mujer.
—Catorce... —Nick se detuvo, recordando que no tenía que hablar en términos militares—. Las dos.
Miley hizo una mueca.
—No sabía que fuera tan tarde.
En ese momento, un gato entró en el salón y se arrimó a su pierna.
—Ay, pobre Oscar. Seguro que tiene hambre —murmuró, acariciándolo—. Voy a hacer café.
Dio un paso, estuvo a punto de tropezar con el gato y luego salió de la habitación.
«Un poquito despistada por las mañanas», le había dicho Liam. Aunque ya no era por la mañana para la mayoría de los seres humanos.
Nick miró alrededor. No parecía un hogar. Y eso no podía ser. Liam había descrito a Miley como una mujer que nunca dejaba de crear, de decorar, que no conocía el significado de la palabra soso. Pero aquella habitación era definitivamente sosa.
Nick asomó la cabeza en la cocina. Era pequeña, pero soleada, con el fregadero y la encimera muy limpios. No había mesa, sólo una silla sobre la que había un cuaderno de dibujo, una caja de cereales y unos bollos de crema.
«Los bollos de crema significan síndrome premenstrual o fecha de entrega».
—¿Tienes que entregar un trabajo urgentemente?
Ella asintió.
—Sí, me quedé atrás cuando Liam... —Miley no terminó la frase—. Durante un tiempo, no podía dibujar. Ahora puedo, pero no sé si me gusta lo que hago. No me apetece usar colores alegres y se supone que debo ilustrar libros para niños. Tres. Sólo me salen escenas grises, lluviosas...
Nick empezó a sospechar.
—Ésta parece una playa muy agradable. ¿Te gustan tus vecinos?
Miley se pasó una mano por el pelo.
—No he tenido tiempo de conocerlos. No salgo mucho.
La sospecha se intensificó.
—Yo voy a quedarme aquí durante algún tiempo. ¿Puedes recomendarme un par de restaurantes?
—No. La verdad es que salgo poco.
Él asintió, pasándose una mano por el mentón. De modo que la preocupación de Liam estaba justificada... su mujer se había vuelto una ermitaña.
—No tengo leche —dijo Miley, sacando dos tazas del armario—. ¿Quieres azúcar?
—No, gracias. Prefiero el café solo.
Ella lo miró entonces, en silencio.
—Liam te admiraba mucho.
—Era mutuo. Liam era una persona querida y respetada por todos. Y hablaba de ti todo el tiempo.
—Ah, pues supongo que se aburrirían mucho.
Nick negó con la cabeza.
—No, era una forma de romper la tensión. Siento no haber podido ir a su funeral... El médico no quiso darme el alta.
—Sé que has estado en el hospital —murmuró ella, bajando la mirada—. Yo no quería que Liam entrara en los marines. Fue una de nuestras pocas discusiones.
—¿Por qué? ¿Te parecía demasiado peligroso?
—Cuando se alistó, yo no sabía lo peligroso que era. Lo que no quería era ir de un sitio para otro. Quería un hogar.
—Pero cuando Liam murió, te viniste aquí, a la playa.
Miley sacudió la cabeza.
—Demasiados recuerdos. Sentía que me chocaba con él, con nuestros sueños, cada cinco minutos —contestó, mirándolo a los ojos—. Bueno, ¿y a qué has venido?
Como no quería contarle lo que Liam le había pedido, Nick carraspeó.                
—Casi he terminado la rehabilitación y no quería seguir en el centro, así que decidí que un par de semanas en la playa antes de empezar a trabajar me vendrían muy bien.
—¿Por qué aquí precisamente?
—Porque es un sitio muy tranquilo —sonrió Nick—. Si me caigo de bruces mientras corro por la playa, no me verá mucha gente.
Ella sonrió. Seguía mirándolo con expresión escéptica, pero más divertida.
—Algo me dice que no tienes mucha experiencia cayéndote de bruces.
—Hasta este año, no.
La sonrisa de Miley desapareció.
—Lo siento.
—Y yo siento lo de Liam.
—Gracias. Yo también. Si esto era una visita de cortesía, dalo por hecho.
Nick asintió, aunque no pensaba decirle adiós tan deprisa. Miley Newton vivía en la playa, pero estaba pálida y tenía ojeras. Su delgadez era preocupante y parecía como si... como si estuviera en punto muerto.
Y él quería que, al menos, metiera la primera.

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PRIMER CAPITULO :D subo uno mas y listo, no se emocionen xD

Entre el deber y el deseo: Prólogo.


«En la guerra, ganas o pierdes, vives o mueres... y la diferencia está en un pestañeo». General Douglas Mac Arthur
La luna brillaba sobre el desierto, reflejándose en la arena. Como siempre, el sargento Liam Newton estaba hablando de su mujer, Miley. El capitán Nicholas Armstrong sonrió interiormente mientras hacían su rutinaria patrulla. Liam estaba loco por su mujer, pensó, mientras miraba alrededor para comprobar si el horizonte estaba despejado. Aunque estuviera entretenido, nunca dejaba de tener cuidado.
Liam estaba riendo en ese momento...
Una explosión retumbó en la noche. Nick sintió el impacto al tiempo que oía gritar a su compañero: ¡Miley, Miley!
Le quemaba la carne y el dolor era tan fuerte que no podía hablar. El tiempo pasaba con aterradora lentitud. Las imágenes se convertían en borrones. No podía ver por el ojo derecho. Intentó moverse, sintió que lo levantaban y oyó el ruido de la hélice de un helicóptero. Iban a ayudarlo.
—Miley —oyó la voz de Liam.
Nick consiguió volver la cabeza.
—¿Estás bien ?
—No dejes que se aísle —musitó Liam, desesperado—. No dejes que se convierta en una ermitaña. No dejes que...
—Tiene que calmarse —los interrumpió otra voz. ¿Un médico?, se preguntó Nick, notando que empezaba a perder la conciencia—. Tiene que conservar las energías.
Luego, todo se volvió negro.
Nick se despertó cubierto de sudor. Abrió los ojos, pero la oscuridad se cerraba sobre él como una prensa. Alargó la mano para encender la lámpara y se sentó en la cama, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Aunque la herida había curado hacía tiempo, se pasó la mano instintivamente por el ojo derecho. Aquella otra noche no veía nada por ese ojo porque la sangre que manaba de su cabeza se había convertido en una cascada...
Después de meses de terapia, seguía cojeando. Quizá cojearía para siempre. Pero eso no evitaría que siguiera corriendo cada día. Nada cambiaría en su vida... excepto seguir en el cuerpo de los marines. Siempre supo que no seguiría en activo para siempre, pero no había esperado tener que retirarse tan pronto.
Nick se pasó una mano por el pelo. Debería cortárselo. O no, pensó. Ya no tenía que obedecer las ordenanzas.
Miró alrededor y se sintió inquieto. Llevaba demasiado tiempo en el centro de rehabilitación. Estaba listo para irse, para dejar atrás la tragedia. Cada día se sentía más fuerte y no había perdido la fuerza de voluntad.
Estaba harto de hablar de sí mismo durante las sesiones con el psiquiatra...
Suspirando, saltó de la cama y se acercó a la ventana. Intentando escudriñar en la oscuridad, recordó la última noche que había visto a Liam Newton con vida. La mina antipersonas se había llevado la vida de Liam, pero respetó la suya. Seguía sin entender por qué, aunque se hacía esa pregunta cada cinco minutos.
El psiquiatra le había dicho que sufría un trauma llamado «sentimiento de culpa del superviviente» y que tardaría tiempo en curar.
Nick tragó saliva.
—Gracias por nada —murmuró.
Los gritos de Liam se repetían en su cabeza y cerró los ojos para controlar la sensación de mareo... Quizá no se le pasaría nunca. Quizá nunca volvería a sentirse en paz consigo mismo. Estar allí, en el centro de rehabilitación, no resolvería nada. Podía terminar la terapia él solo.
Tenía qué encontrar la forma de vivir consigo mismo, la forma de compensar aquel sentimiento de culpa. Misión imposible, pensó. ¿Qué podía hacer por un hombre muerto?
Entonces pensó en su viuda. Quizá, sólo quizá, si hacía lo que Liam le había pedido antes de morir podría vivir consigo mismo.






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